TRINCHERA

Un barroco de trinchera, es el título y concepto que Osvaldo Baigorria formula para la publicación de las cartas reunidas que Néstor Perlongher le envió entre 1978 y 1986. Allí, en el prólogo, Baigorria define la escritura epistolar de su amigo Perlongher como “una lengua política”. Una lengua cifrada, oculta, barroca, borrosa como táctica escrituraria de la vida en clandestinidad. Me recuerda a ese gesto en mi infancia de deformar mi caligrafía hasta volverla ilegible para mi madre: ella pesquizaba mi habitación y requizaba mis poemas a los muchachos en flor. Si la trinchera, en la semántica de la guerra, es el escondite desde el cual disparar al enemigo, en la táctica de Perlongher es el lugar de preparación de una lengua política marica que irrumpe en el flujo lineal del discurso social heteronormalizado. En la trinchera marica, que nos deja Perlongher, preparamos, en anonimato, los procedimientos lenguajeros y las herramientas sensibles para las próximas luchas. Pero si como nos anuncia Silvia Schwarzböck, en Los espantos: “No quedan lugares aptos, ni dentro ni fuera de las ciudades para organizar la vida clandestina. No hay desierto, en el siglo XX argentino, donde volverse salvaje. Sin desierto, la clandestinidad es un estado mental”: ¿cómo volverse anónimx en la cultura de los “territorios electrónicos” (Gabriel Giorgi) donde nuestras vidas son exhibición y publicidad? No es ya ni bajo un nombre de batalla, ni como troll, nickname, avatar, bot, comentador, hacker, fake, que somos mejores anónimxs en trinchera. Se trata, en todo caso, de crear ese “espacio mental” del desierto en nuestras vidas neoliberalizadas de “optimismo cruel” (Lauren Berlant). Practicar una política del anonimato no es sólo reticencia y abstinencia de la pulsión a los territorios electrónicos de la red de internet, sino de experimentar afectos de “desubjetivación” (Érik Bordeleau)  que produzcan efectos de despersonalización como umbrales de apertura a maneras no seguritistas de vincularse entre cuerpos heterogéneos, descolonizar la lengua materna, y reinventar lo público común como lucha del presente. Porque “la salida de sí” que propone la forma del éxtasis, como enseñaba Perlongher, luego de haberse curtido en la orgia y en la religión del Santo Daime, puede ser no sólo una experimentación individual sino colectiva mediante la activación de rituales comunitarios. Nuestras trincheras contemporáneas como laboratorios afectivos de intensificación y éxtasis social. 

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