FIESTA

Idealmente la fiesta ha sido siempre un momento de relajación e insubordinación. Se decreta un mundo distinto, una apertura a lo imprevisible, una invitación a expresarse con el cuerpo. Pero cuando vas a las fiestas comerciales descubrís que hay más reglas que en el mundo de la vigilia: todo es careta, policíaco, excesivamente iluminado y controlado; los cuerpos permanecen rígidos, posan, aparentan, se juzgan. La tecnología y la mayoría de espacios LGBTIQ+ y hétero reproducen lógicas donde priman el dinero, el éxito, la juventud, la belleza hegemónica, la masculinidad y la agresividad. Por contraste, nuestra supervivencia se basa en la comunión y la solidaridad: aisladxs caemos en las garras del mercado, de empresarios que hacen lobby, vampirizándonos, domesticándonos y convirtiéndonos en consumidores y trabajadoras explotadas. En la noche conocemos el trabajo de las otras y eso da pie a una continuidad de muchos proyectos. Como otras áreas precarizadas, la fiesta requiere reconocimiento artístico y apoyo institucional. Los museos y galerías y las muestras de otras artes gozan de cierto estatus cultural; la fiesta suele ser considerada mero consumo, reviente y negocio, pero ¿cuál es el origen de ese punto de vista?

Para las clases dominantes, gobernantes de todas las instituciones, la fiesta significa la momentánea “pérdida de control” (necesario respiro para quienes lo controlan todo), usualmente dando rienda suelta al exceso, la autodestrucción y la violencia. Mientras tanto, la fiesta es para las subalternas un momento de transformación, producto y responsabilidad tanto de lxs organizadorxs como de lxs artistas y asistentes. Nuestro ocio y esparcimiento son políticos precisamente porque hemos debido luchar y trabajar para crear y defender nuestros espacios, tras haber sido expulsadxs de todos los otros, regidos por un sistema excluyente que sólo nos tolera en función de nuestra capacidad económica y adaptación a la norma, que nos quiere separadxs compitiendo entre nosotrxs. Pero ya nos hemos dado cuenta que sólo en comunidad podemos sentirnos realmente en una fiesta. Y esto no es una exigencia sectaria sino de respeto, de celebrar pactos de seguridad comunitaria. Tenemos que crear y recrear nuevas formas de vinculación donde poder ejercer nuestra mostritud en libertad, y sólo podemos hacerlo donde las otras también lo hagan. Si unx siempre se ha sentido más libre y segurx en compañía de mostras, es porque las existencias desbordantes amplían los límites de lo socialmente posible. Una mostra libera a otra mostra: todxs permitiéndose bajo tácito acuerdo salirse de sí. La pista de baile suspende la hegemonía de la razón, es teoría en movimiento, sincronización con los cuerpos narrantes de las otras dando lugar a formas imprevisibles; deviene zona de unión y negociación, experimentación, creación y agenciamiento permanentes. Necesitamos sentir que pertenecemos, necesitamos estar en contacto con nuestra tribu. La fiesta es el momento en que todas coincidimos para satisfacer una misma necesidad que nos hermana; la libertad es siempre futura, es la que se hace en cada ritual en que renovamos nuestras alianzas, en la repetición colectiva de un mismo reclamo.

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