Dos personas adultas mayores discutiendo y divididas por una escalera

¿CÓMO NOS QUEREMOS? / Noe Gall

Fotografia por Elian Chali

 

¿Qué implica para un cuerpo postergado, sentirse merecedor de afecto? ¿Cómo habita la ternura una persona estigmatizada? ¿Cómo percibirse deseable, cuando la historia de la hegemonía promete experiencias sólo a quien está dispuesta a sostener el proyecto normativo de los vínculos? ¿Cómo se configura el cariño y el contacto para una persona permanentemente asistida? ¿Qué significan los códigos actuales del amor libre, para una persona adulta que nunca tuvo una experiencia íntima con otra? ¿Qué implica la idea de amor propio como requisito para afectarse? ¿Cómo es la soledad para los cuerpos que nunca estarán a la altura del mercado del deseo? ¿Qué capital supone tener un vínculo íntimo, cercano o de cuidado, con una o más personas? ¿Que implica para quienes portamos cuerpos no hegemónicos crear alianzas afectivas?

Torceduras&Bifurcaciones

Este texto convocaba a la mesa que coordine el 10 de septiembre 2020.

 

¿Cómo nos queremos?

¿Qué entendemos por afectos? ¿Cómo sentimos? ¿A querer se aprende? ¿O es algo que está ahí, en nosotras? ¿Cómo llegamos a nombrar como propios determinados sentimientos? ¿Cuáles fueron nuestras escuelas sexo-afectivas? El movimiento que generan los afectos en nosotras y socialmente, están en tensión constante entre las teorías psicológicas, la idea de naturaleza, la moral cristiana, el capitalismo y los feminismos.

Al igual que las construcciones sexo genéricas, los afectos son culturales, están enmarcados normativamente. A diferencia de otras normativas, las que moldean nuestros afectos, no son reconocibles a primera vista, son opacas. Cómo queremos, cómo deseamos, qué nos alegra, qué nos genera empatía, y qué indiferencia, está en disputa permanente entre eso que reconocemos como propio y singular, y el gran guion emocional global, eso que determina inteligibilidad en nuestros universos afectivos. Somos esa tensión. En el terreno de los afectos no basta con reconocer las instituciones que legitiman ciertas formas de vincularnos, como sucede por ejemplo con la monogamia que el Estado exige y la Iglesia bendice, ¿Qué pasa con esas otras formas de vincularnos que no están legitimadas por el Estado, pero que tienen otros sistemas de reconocimiento como el poliamor? 

En un momento determinado ser parte de una comunidad de disidentes sexuales era, para muchas de nosotras, vivir en poliamor. El poliamor era la regla y la monogamia la excepción, una manera de crear una comunidad con nuevas reglas libertarias, que posibiliten otras formas de vincularnos entre nostras, pero con muy pocas herramientas. Muchas terminamos reproduciendo aquello contra lo que luchábamos, una estructura normativa, un nuevo dogma, que dejaba por fuera experiencias, vidas, vínculos que no entraban en “ciertas formas” del poliamor. Se creó un sistema de reglas y de vigilancias hacia las personas para ver cómo habitaban sus vínculos, cómo lidiaban con los celos, las escenas, cómo manifestaban cariño en público. A la vez que se creó todo un sistema de lenguaje para nombrarlo: las intensas, las tóxicas, las densas, las demandantes, categorías que generaron una estructura de reconocimiento afectivo, un manual del buen amor. 

¿Esto queríamos? ¿Un nuevo manual de cómo relacionarnos? Amigas, creo que hemos fracasado, y eso no es malo, eso significa que lo intentamos. Y en ello algo aprendimos, al menos yo. Uno de los puntos nodales a desmantelar son las representaciones afectivas, abandonar la vigilancia para con nosotras y las otras en las maneras que expresamos afecto. Revisar las herramientas simbólicas y afectivas que tengo para decodificar, leer, interpretar las relaciones, los vínculos dejando de suponer que todas nos vinculamos de la misma manera, bajo los mismos acuerdos. Dejar de suponer monogamias seriales o formas muy dogmáticas del poliamor. 

Una nueva educación sentimental que nos haga más libres no tiene que ver con no “sentir celos” o “trabajarlos”, tiene que ver con poder desmantelar todos los supuestos que tenemos al momento de ver a las personas, al momento de empezar a vincularnos, lo cual no significa caer en un mar de neurosis de andar decodificando lo que la otra persona siente o quiere, sino poder hablar claramente, sin vergüenza, sobre todo eso que se supone natural o del orden del fluir. Vivir libremente es dejar de dar por supuesto cómo viven las otras personas, o intentar encasillar lo que no entendemos en formas estereotipadas de los vínculos. ¿Te puedo besar? es una buena pregunta para hacer siempre. 

Dejarse interpelar, ocupar el lugar incómodo, repensar cómo las políticas identitarias moldearon nuestros universos afectivos, ¿Como siente una lesbiana?, ¿Es diferente el amor gay del amor heterosexual? ¿Dónde radica su diferencia? Son preguntas capciosas, porque no se pueden formular sin situar los cuerpos. Son preguntas que se deberían formular desde los cuerpos como lo hacen los movimientos de diversidad corporal, de neurodiversidad, de no binaries, transfeminismos, de las disidencias sexuales, pensar con este cuerpo que tengo, y relacionarme con otras desde aquí, buscando lo común sin abandonar mi diferencia. La materia determina la conciencia, decía un buen señor, una podría parafrasearlo y decir, el cuerpo determina la afectividad que podemos. 

No somos iguales, la diferencia importa, no todas las personas tenemos las mismas estructuras afectivas, hay quienes han sido más expuestos al daño que otras, y eso deja heridas, marcas, vicios, miedos, como así también potencias. Hay quienes por su mera existencia no parecerían merecedores de cariño o que para merecerlo tienen que callar gran parte de lo que son. El acceso afectivo al mundo también está reglado en función del género, la raza, la clase social, la morfología corporal, la edad, y la lista sigue, reconocer las situaciones de cada corporalidad disminuye la posibilidad de daño. 

 

A mis amigas

El ejercicio de la reflexión sobre los afectos no se circunscribe sólo al orden “privado” o íntimo que conllevan muchas veces las relaciones sexo afectivas, sino también a lo público, a través de las maneras de construir comunidad y en las maneras del parentesco. ¿Qué significa familia? Seguramente para cada una de nosotras es algo distinto. Las experiencias y vivencias en cada núcleo familiar son únicas, pero hay muchos puntos que se suelen repetir en las historias, y sobre todo hay un gran supuesto afectivo:  en la familia hay amor, amarás a tus progenitores, como amarás a tus hijas ¿Por qué? Entender que ese amor filial no es natural, que al igual que todo sentimiento hay que trabajarlo y que puede ir modificándose en el discurrir del tiempo es fundamental para la vida, porque es allí desde donde se narran nuestras supuestas estructuras emocionales. ¿Cómo enlazo parentesco por fuera de los lazos consanguíneos? ¿Puedo reinventar el vínculo con familiares? ¿O al igual que con mis compañeras de primaria o secundaria tengo una tendencia a una afectividad positiva o negativa, pero siempre presente, por la cantidad de años compartidos? ¿Mis afectos se sostienen en el tiempo, es esa permanencia lo que los vuelve importantes? ¿O es alguna otra cosa? 

  ¿Qué se ha anudado en el significante amigas? Esa nueva figura revolucionaria, que pareciera ser portadora de una afectividad prístina porque no es sexual ni familiar ¿Qué utopías endogámicas estamos depositando allí? ¿A quiénes les otorgo el título de amigas? No puedo dejar de recordar la formación sentimental de mi niñez, adolescencia, donde “los mejores amigos” era una figura nodal de cualquier entramado socio afectivo. Hemos discutido mucho las formas de los vínculos amorosos, pero muy poco las de los vínculos amistosos. ¿Sos amiga de tus ex? ¿Ex qué? Y si pensáramos las relaciones con las personas como un continuo, en el que quizás un tiempo lo compartimos y luego nos alejamos, y quizás en 10 o 15 años volvamos a compartir el camino, sin necesidad de hijos o bienes mediando; ya sé, estoy siendo romántica. La realidad no es así, con algunas ex mantengo contacto, con otras no, me molesta no hablarme con personas con las que compartí trayectos vitales de tantos años, no lo entiendo, siento que es parte de la política del descarte que el capitalismo nos ofrece, sin capacidad de reciclar ese vínculo, de poder compartir otros aspectos de la vida en común por fuera de lo sexual. 

Algunos feminismos hoy acuñan el eslogan “no me cuida la policía, me cuidan mis amigas” ¿Quién tiene amigas? ¿La policía está para cuidarnos? ¿Es potente relacionar a la policía con mis amigas en una misma frase? No lo creo, las redes de cuidado de la vida que se tejen colectivamente entre grupos vulnerables no se parecen a nada a las estructuras de poder estatal que operan la policía. Así como esta consigna hay muchas, que anudan afectivamente lugares complejos, entiendo la potencia que tiene desmantelar el sentido común burgués que acude a las fuerzas de seguridad en busca de cuidado. A la vez que esa frase da cuenta de las estrategias y redes de autocuidado que se han dado muchas feministas. Cabe preguntarse entonces que es el cuidado para cada una, se han realizado grandes violencias en nombre del cuidado, para cada quien cuidar se simboliza de maneras muy disímiles, el cuidado también necesita de un proceso de consentimiento, ¿Cómo querés ser cuidado? ¿Cómo puedo cuidarte? ¿Cómo me siento cuidada? El cuidado está relacionado con el amor, con la salud, con el maternaje, ¿Y si relacionamos el cuidado con el deseo? ¿Cómo cuidamos deseando? ¿Puede ser la asistencia o acompañamiento sexual una forma de cuidado?

 

El reparto sensible de lo erótico

¿Quiénes son los cuerpos que entran en el mercado del deseo? ¿Qué cuerpos pueden ser deseados por más de una persona? ¿Cómo experimentan el placer los cuerpos que no hablan el lenguaje sexo-afectivo de moda? ¿Pueden las trabajadoras del sexo brindar un servicio sexo-afectivo? ¿Este servicio es menos real que cualquier otro vínculo que tengamos? ¿Desde qué lugar me paro a juzgar qué vínculo sexo afectivo es más real o legitimo? ¿Cómo nombramos ese intercambio afectivo que se genera entre una trabajadora sexual y una clienta? 

Son muchas las personas que acceden a una experiencia sexo-afectiva a través del dinero, y eso no vuelve a nadie explotadoras, ni víctimas. Son estrategias de acceso a un universo que les es negado o ajeno por múltiples motivos. Suponemos que todas tenemos la habilidad de seducir a alguien, o que contamos con las herramientas para hacerlo ¿Cuántas personas con alguna diversidad funcional que te han seducido? ¿Cómo reaccionaste? ¿Qué sentiste? Muchas veces se los acusa de torpes o violentos, sus formas de seducción no son aceptadas por los cánones que se tejieron socialmente sin esos cuerpos. Pues les cuento, a seducir también se aprende, es parte de una forma de socialización bien determinada, terreno que los feminismos están disputando hace décadas, batalla que venimos perdiendo hace décadas también.

¿Cómo seducir en tiempos de vigilancia sexual y gestual? Es una pregunta que flota en el aire. La duda de no saber cómo expresar el deseo, de cómo acercarse, el miedo de hacerlo de manera que pueda ser leída como violenta, el temor al rechazo; han llevado a muchas a desistir en la tarea de intentar el preciado encuentro entre los cuerpos, generado así, soledades no deseadas. Mejor sola que mal acompañada, reza el refrán. ¿Qué significa la soledad en el capitalismo? Debido a la pandemia las redes sociales y las aplicaciones de citas son uno de los escenarios más utilizados para conocer personas, pero esto no es tan sencillo, hay variables muy precisas que determinan su interacción y el éxito en la misma. La imagen, es una de ellas, todo es imagen, más o menos sexy, más o menos bella, más o menos cuidada, para lo cual necesitas un celular con una buena cámara, por ende costoso, alguien que te mire con deseo para sacarte fotos, o pertenecer a la generación que dominó con altura las selfies, lo que implica tener la capacidad de generar imágenes deseantes de nosotras mismas, mirarnos, y compartirnos ¿Quién pudiera tener tanta seguridad?

Reconocer el lenguaje que se va tejiendo para seducir, saber cuándo y cómo interactuar con el resto, tener internet, tener luz, tener. Y tener sobre todo una gran cantidad de información a disposición. ¿Cómo generamos intimidad en tiempos de redes sociales? ¿Qué decidimos que sea público y que no de nuestras vidas? ¿Qué imagen deseable construyo de mí misma en una red social que permite la desnudez de los cuerpos blancos y delgados, censurando los cuerpos gordos y morenos? ¿Hay un afuera? ¿Siempre tendremos que ser nosotras quienes construyamos ese no lugar donde vivir las libertades y las incomodidades? Ampliar los márgenes, dinamitarlos, o fugar juntas es un trabajo colectivo, es tarea de todas. 

¿Cómo nos queremos? Es una pregunta que invita a pensarse desde múltiples lugares, desde la singularidad que somos, a cómo nos vinculamos, cómo conformamos comunidad, cómo nos relacionamos con el territorio. ¿Cómo queremos estar en este mundo? 

 

Noe Gall Activista Prosexo 


El texto originalmente estaba escrito con asterisco sin indicar género en las palabras, pero por cuestiones de formato del armado de la página no se pueden utilizar, por eso la a

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