cuerpos desnudos besandose

¿Quiénes somos en el orgasmo? Placer sexual e imaginarios políticos / Beto Canseco

Fotografia: Asentamiento Fernseh.

El sexo es evitar un suicidio. El mío, por lo menos.

“(es)coger es político”, de Isma Rodríguez

Quisiera comenzar con un ejercicio: pido a quien quiera leer este texto que lo haga inmediatamente después de haberse masturbado hasta llegar al orgasmo. Aquí espero.

Ciertamente no será la totalidad de quienes deseen leer este texto la que consiga hacer el ejercicio. En efecto, ¿qué condiciones tienen que darse para que sea posible el acceso al placer sexual que promete la masturbación?, ¿qué habilidades corporales son necesarias para realizar los movimientos que implica? ¿Cómo debieran ser los espacios en que podría tener lugar?, ¿qué dicen de la distinción entre lo íntimo, lo privado, lo público? ¿Con qué tiempo es preciso contar para el acto autoerótico?, ¿posibilitado por qué cuestiones?, ¿en razón de qué disposiciones técnicas, materiales, sociales? 

Si han conseguido hacer el ejercicio espero que coincidan conmigo –quizás si no consiguieron también lo hagan– en que el placer sexual es una posibilidad corporal que vale la pena experimentar. En ese sentido: ¿qué papel juega en nuestros horizontes políticos?

Aquí es que aparece la idea de un “derecho al placer sexual”. De hecho, en Eroticidades precarias –texto que escribí hace unos años–, invitaba a pensar nuestros activismos a partir de la noción de justicia erótica, la cual articularía dos derechos: el derecho a la protección contra la violencia y el derecho al placer sexual. No muy atenta a la noción de “derechos”, quería sugerir que el coartar las posibilidades de placer sexual debiera ser considerado una violencia (y por tanto la lucha contra la violencia es la lucha por el placer) y, al mismo tiempo, que para que un cuerpo experimente placer sexual debía ser protegido, cuidado, contar con los soportes necesarios para subsistir (y por tanto la lucha por el placer es la lucha contra la violencia). En consecuencia, no debería pensarse una agenda feminista sin tener en cuenta esta co-implicación. 

Ahora bien, ¿qué suponemos en el uso de la noción de “derechos”?, ¿derechos de quién/es?, ¿se trata de los derechos de un sujeto individual/colectivo discreto, delimitable?, ¿dónde empieza y termina ese sujeto de quien reivindicamos derecho al placer?, ¿sostenemos una lógica liberal a la hora de imaginar una comunidad en que todos los cuerpos puedan pasar por la experiencia del placer sexual?, ¿será que es posible sostener la lucha por justicia erótica problematizando el sujeto que a menudo se supone en el lenguaje de derechos?

De hecho, partiendo de la propuesta de la filósofa feminista Judith Butler, podríamos abordar al placer sexual como una de esas experiencias que nombra la autora en que nos vemos arrojad*s hacia afuera de nosotr*s mism*s, convirtiéndonos en otr*s para nosotr*s mism*s, cuestionando la posibilidad de autoidentidad. Volviendo al ejercicio inicial, en ese sentido, ¿cómo pensar el orgasmo al que llegaría gracias a la masturbación sin esos cuerpos o situaciones que invoco para padecer esa interrupción gozosa?, ¿sin una fantasía que depende de lenguajes e imágenes de los que no puedo ser autora plena?, ¿sin técnicas para masturbarme que aprendí de otr*s, con otr*s?,  ¿sin unas condiciones que nunca pude construir en soledad sino gracias a una interdependencia que me constituye y deconstituye –como pueden testimoniar quienes aquí leen y saben muy bien cuáles fueron aquellas que no se pudieron cumplir cuando quisieron sin éxito hacer el ejercicio? 

En definitiva, no es tan fácil delimitar quiénes somos en la experiencia del placer. Hay siempre algo que nos sostiene antes, durante y después, que es y no es parte del sí-mismo. El placer sexual, en tanto aquello que sucede entre-cuerpos, hace evidente esta condición de los sujetos. Ahora, si el “entre” se hace patente en la experiencia autoerótica, cuánto más lo será en actividades sexuales que involucran a más de un cuerpo –como ya lo hace la masturbación para ciertos cuerpos con diversidad funcional. 

En efecto, el cuerpo se deshace en el placer sexual descentrándonos y dejándonos, de algún modo, a merced de otr*s. De tal suerte, tal vez sería interesante partir del cuerpo vulnerable, poroso, jamás autosuficiente sino siempre dependiente de su exterioridad, a la hora de pensar nuestras comunidades políticas. La experiencia del placer sexual –como  la de la discapacidad, o la de la infancia– nos abre de hecho la posibilidad de imaginar políticamente por fuera de la lógica liberal, en compromiso con una comunidad de cuerpos en interdependencia.

No quiero decir con esto que abandonemos el lenguaje de derechos. Éste aun parece útil a nuestros fines políticos y en interlocución con actor*s y estructuras sociales que son parte de los escenarios políticos contemporáneos –como es el caso del Estado. Sin embargo, sí creo que nuestros colectivos están obligados a imaginar más allá de esas interlocuciones sino quieren quedarse entrampados en sus lógicas.  

Lo cierto es que el placer sexual no es solo una meta política por la que luchar, a ser alcanzada. Pudiendo el placer sexual evidenciar nuestros lazos de interdependencia y colaborar así en la construcción de comunidad, podríamos entenderlo también como una condición que hace posible la resistencia de los cuerpos a la violencia. El placer es un motor de lucha. El mismo puede reforzar los lazos comunitarios a partir de los cuales enfrentar el dolor, el abandono, la muerte –con esto no quiero sugerir que el placer precise una justificación por fuera de sí mismo, sino apenas señalar esa potencia que ya posee–. De esta manera, la lucha por superar las barreras de acceso al placer que los cuerpos enfrentan de manera diferencial adquiere nuevos sentidos en el aquí y ahora.  

En síntesis, invito a pensar nuestros horizontes políticos siendo atravesados también por la reivindicación del acceso de todos los cuerpos al placer sexual. ¿Cómo haremos posible ese acceso?, ¿qué “nosotr*s se articulará en torno a esa tarea?, ¿a qué prácticas políticas (sexuales) nos compromete la articulación de ese “nosotr*s”? Como siempre, a ciertas respuestas solo llegaremos colectivamente, compartiendo luchas y –tal vez valga la pena insistir– orgasmos. 

Alberto (beto) Canseco, marica feminista pro sexo, disidente sexual, blanca, docente universitaria, con diagnóstico de temblor esencial, nacida en la ciudad de Buenos Aires, participa de diversos espacios académicos y activistas en la ciudad de Córdoba y de Santo André, estado de São Paulo (Brasil), donde actualmente vive.

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